Sobre dos procesos de trabajo.
Mi trabajo reciente se articula en dos procesos claramente diferenciados, unidos por una misma investigación sobre la imagen, la memoria y la representación, pero desarrollados mediante estrategias formales y conceptuales distintas.
El primer proceso se centra en la construcción de imágenes como espacios de pensamiento. Obras articuladas a partir de la superposición de capas —pintura, dibujo, collage y estampación— generan campos visuales inestables, donde lo natural, lo cultural y lo íntimo conviven sin jerarquía. El jardín aparece como metáfora de un territorio mental y subjetivo: un espacio habitado, mediado y no transferible. La imagen no se presenta como evidencia, sino como estrato; no afirma, sugiere. La pintura asimila códigos contemporáneos —tramas, puntos, transparencias— manteniendo una relación directa con la materialidad y el tiempo del hacer manual. En este contexto, la figura del mirlo introduce un desplazamiento del punto de vista y cuestiona la centralidad de la mirada humana.
El segundo proceso, al que pertenecen obras como Por ahora, Mujer de arena y sal soy y La casa común, supone un desplazamiento crítico. La imagen deja de construirse por acumulación interna y pasa a organizarse mediante ensamblajes de fragmentos autónomos. El cuadro ya no es un espacio unitario, sino un dispositivo modular donde cada elemento conserva su identidad y entra en tensión con los demás.
Frente a la continuidad atmosférica del primer proceso, el segundo se define por la ruptura, la interrupción y el conflicto visual. La superposición se sustituye por el ensamblaje; la sugerencia, por la confrontación. El espectador ya no transita un espacio pictórico, sino que se sitúa ante un conjunto de imágenes que exigen una lectura crítica.
Ambos procesos comparten una misma pregunta: cómo habitamos las imágenes y qué ocultan cuando se presentan como bellas. Si el primero indaga en la construcción subjetiva del espacio y la memoria, el segundo desplaza esa reflexión hacia una dimensión política y material, donde la belleza deja de ser ambigua para revelarse como estrategia de ocultación.
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